Tal vez… la literatura

Tal vez… la literatura

A Claudia Bravet, a Tato Quiñones (a quien no conocí) con admiración y respeto, y a todos los intelectuales y personas que lo quieren.

Hay periodistas que tienen complejo de escritor. Algunos lo son, otros no. Y un grupo de lectores lo agradecen, otro no.

Gabriel García Márquez es de esos periodistas. Claro, este sí era escritor. También muchos lectores lo agradecían, y debe estar el que no (aunque puede ser que esta idea no tenga sentido, y se trate solo de un escritor con complejo de periodista). Da igual.

De entre sus mejores obras, para mí, que no soy periodista ni escritor, está El General en su laberinto. Habla de Simón Bolívar. Un Bolívar carmelita, enfermo, que negocia con el imperialismo, que carga con sus miserias humanas.

Hace más de diez años, mientras leía que violó a una mujer negra, cerré el libro, y tuve que parar. Eran unas pocas líneas morbosas para la virilidad de un adolescente. Gabo ponía los principios del lector entre la espada y la pared.

Nunca he sabido si ese fragmento era verdadero, o solo lo real, lo maravilloso. Fue tan impactante, que la atribuyo a la biografía del Libertador, sin perder la condición. Con el tiempo, aprendí a agradecer ese contraste que pone Gabo.

Pero El general en su laberinto no está censurado, ni en Venezuela, ni en Cuba, aun cuando tiene material del que le gusta a los comisarios. Menos que eso le ha costado la censura a muchos textos, la carrera a otros. Después de todo, Gabo pudo estar ofendiendo a Bolívar y dándole armas al enemigo, aunque es un misterio (o no).

Tal vez, era solo literatura, por eso no ocurrió nada; o era solo que se trataba del Gabo, un nombre con fuerza tal, que condicionaba al lector. Cuando se lee El General en su laberinto no solo se lee sobre Bolívar, también al Gabo. Y es que la separación del mensaje y el mensajero es una ilusión. He ahí una clave, el mensajero.

El placebo también funciona con los lectores, y mensajero mediante, actúa el efecto Pigmalión. Eso puede explicar parte de lo ocurrido al texto Tato Quiñones, una leyenda abacuá, de Claudia Bravet. No era El general en su laberinto, tampoco el Gabo.

En la foto: Hiram Hernández Castro (derecha) en el evento “Las otras herencias de Octubre”, organizado por KHS en marzo de 2005; también, de izquierda a derecha: Dmitri Prieto, Pável Alemán, Celia Hart Santamaría, Tato Quiñones, Mario Castillo.
Fuente: Observatorio Crítico

Claudia es de esos tantos periodistas que tiene complejo de escritor, y no sé si lo sea. Algunos de los periodistas como ella están marcados por recursos literarios para intentar el arte. Ahí lo creativo vale más que los hechos. Se sacrifica la objetividad para que la opinión, de mano de la metáfora descalibrada, la exageración, intenten parir lo real, lo maravilloso.

Pero se le pide a Claudia otra opinión, con otra literatura, que refleje la pureza del todo humano del personaje que escogió para escribir. Y no solo se pide que se ponga otra opinión al lado de la de ella, sino, además, callar esta. Así ocurre.  Claudia comete el error de escoger literatura en el lugar donde se requiere epitafio, biografía.

El texto es silenciado porque ofende la memoria. ¿Cómo se delimita donde se empieza a ofender?, es la única pregunta que me haré. Pero tal vez solo se trataba de la literatura, o tal vez, solo se trataba de Claudia, o de lo que agradece el lector.

Las formas de leer y escribir son un todo. Ellas dicen mucho de una sociedad, digo yo, que no soy periodista, ni escritor.


Nota: En julio la revista Alma Mater publicó un texto de Claudia Bravet que reseñaba el libro de Tato Quiñones, Asere Nuncué Itiá Ecobio Enyene Abacuá. El 12 de septiembre diversos usuarios comenzaron a criticar el texto por la descripción que tiene de Tato al inicio. El 13 de septiembre la redacción y la autora decidieron retirar el texto de la plataforma.

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