Cuento

Carlitos, los profes y Frankenstein

Carlitos estaba en su nube y tenía más entusiasmo que esfuerzo acumulado. Era caprichoso. Llegó a pensar que su inteligencia bastaba, aunque habría que ver qué llamaba por ese nombre.
Un día quiso inventar lo imposible. Como todo genio, confundió al monstruo de Frankenstein con un ser humano. Su mundo eran las ideas, así que con eso hizo su propio Frankenstein.
Trató de unir partes que no encajaban. ¡Pobre Carlitos, olvidó que las partes solo sirven en el lugar del que son parte! Juntó lo que ya no era, como si lo fuera. Carlitos se enajenó.
Cogió partes del profe Luis, del profe Jorge y, pensando que aquellas seguían siendo partes, hizo su propio engendro. Ni siquiera lo terminó; tampoco podía (lo más probable, es que nadie pudiera).
Empezó a armar desde abajo. No solo le faltó la cabeza; por si fuera poco, cuando llegó al pecho, paró. Lo curioso es que, entre pies y pecho, también le faltaron piezas. Ay, Carlitos.
Luego probó al revés. No fue peor, pero tampoco le fue bien. No llegó a la cintura y le faltaron piezas. Carlitos ignoró que los pies que había cogido del profe Luis jamás iban a encajar con la cabeza del profe Jorge. Ay, Carlitos.

Los profes no eran malos, malo era el capricho de Carlitos.

El profe Luis era muy correcto. Educado e inteligente. Hablaba y sabía de muchas cosas. Su único problema era que siempre tenía una sola herramienta para todo. Una herramienta hecha, incluso bien elaborada, pero cuando tenía algún problema, la sacaba y listo. No le faltaron las simplificaciones en sus lecciones.

Por su parte, el profe Jorge era diferente. Un poco rancio y tomador. Era popular, pero contradictorio. También hablaba y sabía de muchas cosas. Su problema, el importante, según los profes que vinieron después, era que no tenía herramientas. (En realidad sí tenía, o no. Es complicado).
El profe Jorge tenía un armario en el que guardaba muchas ligas, elásticos y toda clase de objetos similares (hasta se especula que tenía objetos de materiales aún no descubiertos en su tiempo, como la silicona, que es muy elástica). He ahí todas sus herramientas. Era tan celoso con ellas, que cuando perdían sus propiedades, las desechaba.
Pero ni siquiera eran herramientas como tal. Él elaboraba las estructuras elásticas y a cada una le correspondía un problema ya solucionado. Se trataba de sus trofeos en la batalla del pensamiento.
Usara o no herramientas, el caso es que las inventaba y no las repetía. Tampoco es que eso le garantizara el éxito; más de una vez hizo mal el elástico, por falta de material o por falta propia.
Su verdadera arma no era tener ligas, ni siquiera el armario donde las guardaba, sino la capacidad de hacerlas, de crear sistemas de ligas elásticas para ser usados solo una vez. El armario era solo parte de su vanidad.
Se dice, incluso, que él mismo inventaba problemas para jugar a llenar su armario y ampliar su colección. Presumía de aprender a trabajar cada vez que enfrentaba un problema. Eso nadie se lo perdonaba, ni siquiera Carlitos.
Carlitos pudo hacer un camino decidiéndose a seguir uno de ellos, hasta al azar; pero no quería escoger, sino mezclar. Por un lado, el profe Luis que, a pesar de su problema, tenía pasión por las mismas cosas que le gustaban a Carlitos. Por el otro, el profe Jorge, que poco le importaba algo más que sacarle provecho personal a su armario.
Carlitos, en su empresa del pensamiento, no pudo darse cuenta de nada y terminó en bancarrota. Acabó por suspender la asignatura del pensamiento y siguió aferrado a la decisión de armar su engendro.
No tenía salida. No podía pensar como el profe Jorge, mucho menos comprenderlo. Por eso lo juzgaba equivocadamente e intentaba unirlo por partes con el profe Luis.
Todo siguió así hasta que un día se sorprendió entre borradores y decidido por uno solo; aunque no fue exactamente eso lo que hizo.
Todo parece indicar que Carlitos el suspenso leyó mucho, y de verdad. Y eso fue lo que lo ayudó. Aprendió de la lectura a hacer sus propias ligas, como el profe Jorge, incluso mejores. Por sí mismo descubrió la silicona. Ya no era igual, le siguieron gustando las mismas cosas que al profe Luis, pero hacerlas al estilo del profe Jorge.
Para cuando terminó unos borradores en los que se había encaprichado mientras leía, ya había dejado de ser Carlitos el suspenso, y había abandonado por completo el proyecto de su propio Frankenstein. Mientras más se alejaba de aquel proyecto fallido, más se acercaba a su obra maestra.
Botó la cabeza que tenía como parte, y los pies. Volvió a empezar. Hizo otra cabeza, otros pies, ahora diferentes.
Dicen unos admiradores de Carlitos que preparó un sistema de órganos primero. Otros, que armó el mismo modelo de cuerpo miles de veces: con uno empezó por la cabeza, con otro por los pies, otro de adentro hacia afuera, otro de un brazo, y así, desde todos los puntos posibles que se puede empezar. Pero esas son de las tantas historias de los que son como Carlitos el suspenso.
La verdadera historia es que Carlitos, que ya no era suspenso, había diseñado un modelo de cuerpo tan perfecto que no importaba por dónde se empezara a construir, siempre daría el mismo resultado final.
Carlitos resultó ser un genio que aprendió solo a hacer sus propias herramientas, y nos las guardaba en un armario como trofeo. Él sabía que solo servirían una vez, y aún así las dejó a la vista para el que quisiera cogerlas.
Carlitos sabía que podrían venir detrás muchos suspensos, como lo había sido él, a intentar coger sus ligas y elásticos. Pero después de todo, él no era igual que el profe Jorge, que por algo solo le interesaba presumir de su armario. Quería ayudar, pero pobre Carlitos, olvidó que si se repite, será una tragedia.
Pero era Carlitos, y aunque ya no era suspenso ni estaba enajenado, algo de caprichoso le quedaba. Ay, Carlitos.

Deja un comentario